jueves, 12 de agosto de 2010

Te cuento un cuento (IX)


MARINE


¿Que diablos hago aquí, hundido en este inmundo arrozal de Vietnam?
Mientras me arrastro por el barro pútrido y maloliente (deben saber que estos asiáticos atrasados abonan sus campos con sus propias heces) intento recordar como llegué aquí, pero mi memoria se niega a ayudarme.
Mi cerebro tiene otras urgencias "Debo impedir que detecten mi presencia porque es indudable que estoy solo en terreno enemigo".
Reina un silencio profundo y el agua está muy fría. Debo moverme rápido y tratar de salir pero, ¿hacia adonde?.
Atisbo cuidadosamente a mi alrededor, levantando apenas la cabeza sobre la maraña intensamente verde de las plantas de arroz, pero no alcanzo a divisar a nadie ni a nada.
El arrozal debe ser enorme, como tantos otros que he visto mientras nos trasladan hacia los objetivos en los helicópteros Chinooks.
De pronto reparo que estoy dejando que mi carabina M1 se hunda en el agua pestilente e instintivamente la levanto. Este fusil de porquería deja de funcionar por cualquier cosa, a diferencia de los Kalashnicov de los vietcongs,así que debemos cuidarlas como a una niña. Después de todo ellas son nuestro pasaporte de vuelta a casa. Casa; me doy cuenta que ya ni recuerdo mi casa, mis amigos, mis vecinos. Esta puta guerra nos embrutece y parece que siempre estuvimos aquí, matando o muriendo desde tiempo inmemorial.
Decido que cualquier dirección es buena y comienzo a arrastrarme lo mas rápido que puedo, siempre con la M1 sobre mi cabeza, removiendo el barro apestoso que me asfixia con sus vahos asquerosos.
Antes de que me dé cuenta ellos están sobre mí. Son tres o cuatro Viets; deben haber visto mi carabina sobresaliendo del arrozal o quizas estaban emboscados esperando para cazar a los que quedaran vivos de nosotros.
La maldita M1 se encasquilla y la uso a manera de mazo. Es inútil, volteo a algunos pero aparecen más y más Viets, brotan como hongos, me golpean, me patean, me arrastran de los pelos por el barro sin piedad mientras gritan furiosos.
Cuando despierto me duele cada centímetro del cuerpo, pero milagrosamente estoy vivo.
Me encuentro en un calabozo oscuro y húmedo. La única abertura es un recuadro enrejado en la puerta metálica, a través del que me llega el murmullo de voces que se acercan, así que me incorporo dificultosamente y pego mi oído a esa abertura.
Entiendo bien el vietnamés, aunque estos hablan en alguno de los tantos dialectos de este pueblo, así que algunas palabras se me escapan.
"Es de nuevo el polaco, doctor -dice uno- se brotó con todo y andaba por el parque revolcándose en su propia mierda, nos atacó con una rama y tuvimos que encerrarlo en la sala de aislamiento".
No entiendo a que se refieren, pero espiando por el agujero diviso al oficial, al que llaman doctor, rodeado por un puñado de viets gesticulantes, como siempre todos flacos, pequeños y de tez oscura, con ese pelo negro y duro que los caracteriza.
"Si está calmado sáquenlo -dice el oficial- ya les tengo dicho mil veces que en el Hospital Psiquiátrico Jujeño no se van a aplicar castigos a los pacientes, al menos mientras yo esté al frente"
No entiendo una palabra pero al rato abren la puerta y salgo entre una doble fila de viets que me miran con evidente odio.
Me ordenan bañarme y luego me conducen al exterior, donde estoy tomando sol, sentado en el pasto, durante horas.
Se acerca el oficial y pregunta "¿cómo se porta?". Mi guardia responde "Bien, muy bien, creo que ya no dará problemas".
Miro nuevamente mi M1 oculto entre el arrozal, secándose al sol, y pienso para mis adentros "Confíense, malditos viets que ya veremos cuando mi carabina esté nuevamente en condiciones de disparar"

2 comentarios:

Gringoviejo dijo...

Me encantó.Saludos.

Anónimo dijo...

Buenisisisisimo. SP