domingo, 25 de septiembre de 2011

Te cuento un cuento (XV)


Nosotros

Ahora, cuando sospecho que el fin es inminente recuerdo vívidamente los días de mi niñez.
La mía fué tan feliz como supongo que fué la de todos mis amigos. Vivíamos en el campo y retozabamos libremente de la mañana a la noche, sin obligaciones, sin preocupaciones y sabiendo que la mirada atenta y vigilante de nuestras madres cuidaba de nosotros.
Yo no conocí a mi viejo y ahora que lo pienso tampoco lo conoció ninguno de los de mi barra. Eso solo debió hacernos sospechar que algo turbio se cocinaba en nuestras vidas, pero la vida joven- lo sé ahora que es demasiado tarde- no se inclina por la reflexión sino por el goce.
Por otra parte tampoco sé si desentrañar la realidad nos hubiera evitado nuestro terrible destino.
Quizás fué mejor así, quizás los dioses o el dios o que se yo quién que comanda el mundo prefirió dotarnos de ignorancia porque esa ignorancia nos ahorraba el suplicio de conocer nuestro destino inevitable y nos posibilitó así la felicidad.
Y vaya que fuimos felices. La barra correteaba de aquí para allá de la mañana a la noche y solo paraba para comer algo, reponer fuerzas y continuar.
La vida del campo puede parecer un Opio para quien no la conoce, pero creanmelo está llena de atracciones, aventuras y tentaciones para las vidas jóvenes como eran las nuestras.
Hasta aquella tarde, hace unos pocos meses, en que aparecieron por la estancia unos tipos raros, que nunca habíamos visto por allí y que nos anduvieron mirando propiamente como buitres.
Yo me arrimé a mi vieja, que descansaba a la sombra de un espinillo, y la noté nerviosa, sobresaltada y hasta me pareció que intentaba protegerme con su cuerpo mientras se hacia la distraída para no preocuparme.
¿Porqué no me escapé aquella noche, si intuí que algo raro se cocinaba, me pregunto ahora?
Ya no importa sin embargo. Ya es demasiado tarde y la suerte está echada.
La mañana siguiente muy temprano una turba de delincuentes, porque otro calificativo no les cabe, cayeron sobre nosotros y nos secuestraron.
Después de un viaje no muy largo, un viaje en el que el miedo hizo que varios de nosotros se orinara encima (y algunos hasta se cagaron de miedo, literalmente, perdonen la expresión) llegamos a un lugar que nos resultaba totalmente desconocido y nos dejaron mas o menos en paz, aunque siempre había alguno de ellos vigilando el lugar.
Nos dieron muy bien de comer, hay que reconocerlo, y entre la buena y abundante pitanza y el poco ejercicio que nos permitían hacer hasta engordamos bastante en el tiempo transcurrido. Así que no puedo decir que estabamos felices, pero si que comenzamos a acostumbrarnos.
Ayer todo terminó. El horror volvió a adueñarse de nosotros, fuimos conducidos con violencia inaudita a un transporte y nos trajeron hasta aquí sin explicarnos nada, sin dirigirnos la palabra, sin que pareciera importarles nada de nosotros, como si ya no existiéramos.
Y aquí estoy esperando, aterrorizado como todos mis compañeros, avanzando lentamente hacia una puerta que nos va tragando uno por uno.
Cada vez que uno desaparece tras la puerta escuchamos voces, gritos y golpes y el espanto se adueña de nosotros que mas que presentir tenemos la certeza de nuestro horrendo e inminente final.
Ahora sabemos. Pero es demasiado tarde. Ahora conocemos el destino atroz de todos nosotros; Los novillos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Este video es perfecto para este cuento. Lamentablemente, la empatía se siente o no se siente. No importa lo que se vea o diga. Pero...yo como poca carne, eh?
http://www.animanaturalis.org/v/516/i_am_scared_and_don_t_want_to_die

68 y contando dijo...

Anónimo conocido: También puede decirse:"Si,los como, pero mirá que tengo un amigo novillo, eh?"
Como habrás notado, el video me hizo lagrimear. Puta humanidad